Estaba sentado mirando al mar, a la espera de viento que
sostuviese mi cometa en el cielo y poder navegar. El sol estaba alto. El agua
tranquila y la brisa venía caliente.
El sudor corría por mi espalda y el agua de la botella hacía
rato que se me había acabado. Mi cabeza daba vueltas a la idea de volver a
casa, recoger las cosas que las vacaciones se habían acabado y al día siguiente
tenía que trabajar.
La idea de volver al trabajo me gustaba. Ver a los compañeros,
la emoción de los servicios, volver a hacer deporte…
En esas cosas estaba cuando unos graznidos me han llamado la
atención. He visto dos charrancitos persiguiendo a un ave que por su color y
vuelo parecía una rapaz. Más o menos se asemejaba a un gavilán.
He observado toda la escena desde que ha captado mi interés hasta el final de la misma. Los
charrancitos perseguían al gavilán, lo acosaban, le atacaban, le perseguían. La
sensación que tuve fue que las golondrinas de mar estaban tratando de alejar a
la rapaz o defender algo. Intuí que el gavilán o bien localizó el nido o estuvo
muy cerca del mismo y los charrancitos evitaron que lo saquease, bien de huevos
o de polluelos.
Estos lo persiguieron un buen trecho y la rapaz se alejaba
resguardándose de ellos. Todo la escena duro hasta que las golondrinas
consideraron que o bien la zona ya era segura o bien que ya no había peligro
para sus polluelos. Así que lo dejaron tranquilo sin más.
La escena en sí no tiene nada de particular si no fuese por
la exposición al peligro de los charrancitos frente a un ave rapaz. El valor y
la firmeza con la que defendían su nido.
Esto lo extrapole a nosotros. Los seres humanos, a veces, no
nos enfrentamos a los peligros que nos acechan para no perder y lo que
conseguimos que nos quiten incluso lo poco que tenemos. Y con esto no me estoy
refiriendo a bienes materiales o terrenales. Me refiero a valores interiores:
dignidad, espontaneidad, sensibilidad, transparencia, etc.
Cuando el peligro nos acecha, y os aseguro que es tan sutil
que nos entra por la puerta de atrás y no nos damos cuenta hasta que no tenemos
escapatoria ya. Cuando nos acecha y no tenemos el coraje de hacerle frente, nos
ha ganado el pulso. Porque el no ataca, sólo nos hecha pulsos y si le dejamos
vencer ya nos tiene atrapados.
El no lucha, sólo se expone y lo demás depende de nuestra
fortaleza y determinación. Si no tenemos esto le dejamos entrar y nos ha ganado
sin arriesgar nada. Sin esforzarse.
Si nos plantamos, el abandona con el rabo entre las piernas
a la espera de otra oportunidad. Por eso hemos de estar atentos, hemos de ser
conscientes de nosotros, de nuestras capacidades y de lo que queremos en
nuestra vida.
La consciencia es la mejor defensa de la que disponemos y
sentir con el corazón es el mejor escudo que nos puede proteger. Pero para que
esto sea efectivo, hemos de conseguir Desidentificarnos de nuestra mente.
Darnos cuenta que nuestro infierno lo tenemos en casa. Lo fichamos nosotros
hace muchos años y hemos de despedirlo sin finiquito y sin paga de
indemnización.
Solo entonces seremos capaces de ver lo que realmente somos.
Que es lo que queremos, como conseguirlo y disfrutar de ello.

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