miércoles, 15 de agosto de 2012

LA PROTECCIÓN


Estaba sentado mirando al mar, a la espera de viento que sostuviese mi cometa en el cielo y poder navegar. El sol estaba alto. El agua tranquila y la brisa venía caliente.
El sudor corría por mi espalda y el agua de la botella hacía rato que se me había acabado. Mi cabeza daba vueltas a la idea de volver a casa, recoger las cosas que las vacaciones se habían acabado y al día siguiente tenía que trabajar.
La idea de volver al trabajo me gustaba. Ver a los compañeros, la emoción de los servicios, volver a hacer deporte…
En esas cosas estaba cuando unos graznidos me han llamado la atención. He visto dos charrancitos persiguiendo a un ave que por su color y vuelo parecía una rapaz. Más o menos se asemejaba a un gavilán.
He observado toda la escena desde que ha captado  mi interés hasta el final de la misma. Los charrancitos perseguían al gavilán, lo acosaban, le atacaban, le perseguían. La sensación que tuve fue que las golondrinas de mar estaban tratando de alejar a la rapaz o defender algo. Intuí que el gavilán o bien localizó el nido o estuvo muy cerca del mismo y los charrancitos evitaron que lo saquease, bien de huevos o de polluelos.
Estos lo persiguieron un buen trecho y la rapaz se alejaba resguardándose de ellos. Todo la escena duro hasta que las golondrinas consideraron que o bien la zona ya era segura o bien que ya no había peligro para sus polluelos. Así que lo dejaron tranquilo sin más.
La escena en sí no tiene nada de particular si no fuese por la exposición al peligro de los charrancitos frente a un ave rapaz. El valor y la firmeza con la que defendían su nido.
Esto lo extrapole a nosotros. Los seres humanos, a veces, no nos enfrentamos a los peligros que nos acechan para no perder y lo que conseguimos que nos quiten incluso lo poco que tenemos. Y con esto no me estoy refiriendo a bienes materiales o terrenales. Me refiero a valores interiores: dignidad, espontaneidad, sensibilidad, transparencia, etc.
Cuando el peligro nos acecha, y os aseguro que es tan sutil que nos entra por la puerta de atrás y no nos damos cuenta hasta que no tenemos escapatoria ya. Cuando nos acecha y no tenemos el coraje de hacerle frente, nos ha ganado el pulso. Porque el no ataca, sólo nos hecha pulsos y si le dejamos vencer ya nos tiene atrapados.
El no lucha, sólo se expone y lo demás depende de nuestra fortaleza y determinación. Si no tenemos esto le dejamos entrar y nos ha ganado sin arriesgar nada. Sin esforzarse.
Si nos plantamos, el abandona con el rabo entre las piernas a la espera de otra oportunidad. Por eso hemos de estar atentos, hemos de ser conscientes de nosotros, de nuestras capacidades y de lo que queremos en nuestra vida.
La consciencia es la mejor defensa de la que disponemos y sentir con el corazón es el mejor escudo que nos puede proteger. Pero para que esto sea efectivo, hemos de conseguir Desidentificarnos de nuestra mente. Darnos cuenta que nuestro infierno lo tenemos en casa. Lo fichamos nosotros hace muchos años y hemos de despedirlo sin finiquito y sin paga de indemnización.
Solo entonces seremos capaces de ver lo que realmente somos. Que es lo que queremos, como conseguirlo y disfrutar de ello.

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