viernes, 1 de junio de 2012

PENSAR CON EL CORAZON
Este articulo fue publicado en la revista Mente Sana nº18. Esta escrito por un reconocido pionero del estudio de la neurociencia de las aptitudes humanas y ha sido profesor en la Standfor Business School su nombre es Robert K. Cooper.
Lo he copiado tal cual ya que creo que es muy interesante saber cómo funciona a nivel orgánico y emocional nuestro cuerpo.
Pensar con el corazón:
El cerebro es maravilloso –escribió el poeta Robert Frost-. Empieza a trabajar en el momento en que te levantas por la mañana y no para hasta que llegas al trabajo.” Tenía más razón de lo que creía.
Porque aquellas personas que intenten vivir y trabajar sólo con sus cabezas  son convertirán en los dinosaurios del futuro. La brillantez humana, el compromiso y la creatividad pueden estar inducidos mucho menos por el cerebro de la cabeza que por los otros centros de inteligencia recién descubiertos –conocidos como el segundo y tercer cerebro-, ubicados en los intestinos y en el corazón. Tal como cada uno de nosotros posee una personalidad propia, nuestros tres cerebros nos confieren una inteligencia exclusiva.
Razonar de una forma más elevada implica la colaboración de los tres cerebros. Al hacer uso de los tres, podemos formularnos con más rapidez las preguntas adecuadas y elegir las respuestas de forma mejor y más clara. Hasta el 96% del éxito en la vida y en el trabajo depende de los cerebros del intestino y del corazón, no solo de la cabeza.
La vieja perspectiva de cómo el cerebro de la cabeza influye sobre la conducta humana puede resumirse así: cuando tenemos una experiencia directa, por ejemplo, cuando interactuamos con unas personas o nos enfrentamos a un reto, el problema u oportunidad, ésta nos llega a través de los cinco sentidos primarios y entra en el sistema nervioso. En este modelo tradicional, cada experiencia va directamente al cerebro, pensamos al respecto y respondemos con una conducta determinada. Todo sucede en la cabeza.
La realidad, según veremos más adelante, no es así en absoluto. De hecho, cuando se destina demasiada actividad cerebral a pensar y recordar, no queda suficiente actividad neural para sentir y experimentar el alcance y la profundidad de lo que es nuevo en ese instante. Como resultado, una respuesta que podría ser ingeniosa y práctica se vuelve torpe e irrelevante. Existen ocasiones en las que depender del cerebro pensante no sólo es irrelevante para la adquisición y expresión de destrezas, sino que además puede interferir en ellas.
Gracias a los avances de la neurociencia, ahora sabemos que la inteligencia está distribuida por todo el cuerpo. Cuando tenemos una experiencia directa, ésta no va directamente al cerebro para que pensemos al respecto. Primero llega a las redes neurológicas del tracto intestinal y del corazón.
Cada contacto con la vida nos crea un sentimiento visceral. Puede que lo percibamos como “hormigueo en el estomago” o como “un nudo” de tensión intestinal o una excitación. O, si estamos muy adiestrados para permanecer siempre en la cabeza, puede que no lo notemos en absoluto.
Pero el cerebro intestinal está ahí. Lo sepamos o no, se está haciendo muchas preguntas y, además, las responde de un modo que afectará a nuestras acciones. Nos dice: “¿Qué grado de importancia tiene esta reunión, este reto o esta persona? ¿Supone una oportunidad o una amenaza? ¿Está mi felicidad o progreso en juego?
Conocido como sistema nervioso entérico, este segundo cerebro situado en los intestinos es independiente, pero está interconectado con el cerebro del cráneo. Los neurocientíficos aseguran que en esta zona hay más neuronas que en toda la columna vertebral. Cerca de 100 millones. Este complejo circuito le permite actuar con independencia, aprender, recordar e influir sobre nuestras percepciones y conductas. Las reconozcamos o no, nuestras “reacciones viscerales” influyen sobre todo lo que hacemos.
Después de que el sistema nervioso entérico digiere una experiencia, le toca al corazón considerarla. En los años noventa, los científicos del  nuevo campo de la neurocardiología descubrieron el verdadero cerebro del corazón, que actúa independientemente de la cabeza. Compuesto por un conjunto específico de más de 40.000 células nerviosas llamadas barorreceptores, junto con una red compleja de neurotransmisores, proteínas y células de apoyo, este cerebro es tan grande como ciertas áreas clave del cerebro craneal. Tiene capacidades computacionales muy potentes y altamente complejas. El cerebro del corazón, al igual que el cerebro intestinal, utiliza un circuito neural para actuar con independencia, aprender, recordar y responder a la vida.
En el feto, el corazón humano se desarrolla antes que el sistema nervioso y el cerebro pensante. La energía eléctrica en cada latido del corazón, y la información que contiene, llega en forma de pulsación a cada célula del cuerpo. Con cada latido del corazón existe otra forma de comunicación en todo el cuerpo, una onda que viaja a través de las arterias más rápido que la sangre.
Esto crea otra forma de lenguaje, de comunicación interna en forma de ondas de presión cuyos patrones varían con cada compleja, rítmica e intrincada pauta del corazón. Cada una de nuestras billones de células siente esta onda de presión y depende de ella de varias formas.
El corazón utiliza además otra ruta para comunicarse: los mensajeros químicos del sistema hormonal. Uno de ellos es el péptido natriurético auricular, un impulsor primario del comportamiento motivado. Por eso el corazón desempeña un papel crucial a la hora de movernos hacia la autosuperación. Así que los sabios, a lo largo de la historia, tenían razón: si no sentimos nuestros valores y metas, no podemos vivirlos. Aún más, el campo electromagnético del corazón es el más poderoso de todos los producidos por el cuerpo. Los cambios eléctricos de los sentimientos transmitidos por el corazón humano pueden sentirse y medirse al menos a un metro y medio de distancia e incluso a tres metros.
Igual que los intestinos procesan mucho más que la comida, el corazón hace circular algo más que la sangre. Cada latido habla con un lenguaje inteligente a todo el cuerpo, un lenguaje que influye profundamente en cómo percibimos el mundo y como reaccionamos al mismo. No es de extrañar que, cuando las personas no nos sentimos cuidadas y valoradas de forma única, no pongamos el corazón en nuestra vida o trabajo.
La tercera parada para los impulsos nerviosos es un área en la base del cerebro conocido como médula. Allí suceden varias cosas fundamentales. Dentro de la médula existe un enlace vital con lo que se como Sistema Reticular Activado(RAS).
El RAS está conectado con los principales nervios de la columna vertebral y el cerebro. Organiza los 100 millones de impulsos que asaltan al cerebro cada segundo, desviando lo trivial y dejando pasar lo vital para alertar a la mente. Esta parte del cerebro ha evolucionado a lo largo de los milenios con una tendencia inherente a ampliar los mensajes negativos de entrada y atenuar al mínimo los positivos.
Eones atrás, rodeados de peligros casi constantes para la supervivencia, esta amplificación de los mensajes negativos seguramente ayudó mucho a la especie humana. En el mundo de hoy, esa reacción tan enraizada tiende a complicar las cosas. Unas cuantas palabras de crítica bien intencionadas –que están lejos de ser un comunicado oficial de peligro a la supervivencia- son amplificadas por el RAS, que las convierte en un simple mensaje: “¡Peligro!, ¡Peligro!”.
Nos erizamos y nos volvemos ansiosos y defensivos. Por el contrario, el RAS reduce un verdadero cumplido a poco más que un susurro. Por esta razón, al final de un día típico de trabajo, en el que cien cosas han ido bastante bien y una ha salido mal, caso todos nos preocupamos por aquella que fue un poco mal. Es el instinto inherente al RAS y, si no aprendemos a guiar y manejar su influencia, puede dominar nuestras percepciones y paralizar nuestro progreso.
Al abandonar el RAS, y en unos pocos segundos, la comunicación neural viaja hasta el sistema límbico, desde donde percibimos el mundo y damos formas a nuestra respuesta al mismo. El sistema límbico es también el asiento de todas las emociones en el cerebro. Existen claros indicios de que este sistema funciona 80.000 más rápido que la corteza cerebral.
Por último, la casada neural de impresiones procedentes de nuestra experiencia llega a la zona pensante del cerebro, conocida como corteza cerebral. Antes de eso, cada experiencia ha sido sentida e interpretada por los intestinos, el corazón y las otras regiones cerebrales. En otras palabras, lo último, y no lo primero ni lo más destacado que hacemos, es pensar.
Siempre que confiamos demasiado en el cerebro de la cabeza, aparecen luchas innecesarias. Una razón es que, siempre que opera sin estar equilibrado por los cerebros intestinal y cardiaco, el intelecto realiza principalmente actos cómodos. Puede evocar todo tipo de ideologías, filosofías, teorías, advertencias, principios y creencias, pero aunque sean elocuentes y bienintencionadas, no cuentan mucho por sí solos. Tenemos que sentir aquello que importa para poder vivir de forma que importe.
Resulta que el manido consejo de “no te dejes influir por las emociones” al final es un camino seguro hacia la toma de malas decisiones. Pero, sin la implicación activa de los centros del intestino y del corazón, en pocos momentos el cerebro de la cabeza se satura y el análisis nos paraliza.
Así que escucha todas tus fuentes de sabiduría e intuición y no solo una. Cada vez que te enfrentes a un momento importante durante el  día pregúntate: “¿Qué me dicen mis vísceras? ¿Y mi corazón y mi cabeza?”. Luego, escucha con atención a cada una de estas tres corrientes de la inteligencia antes de decidir cómo actuar. Con la práctica, tu capacidad para tomar decisiones mejorara y profundizara. Acertaras más porque tu raciocinio será más completo.
Este es el artículo completo, la verdad que da una explicación científica a lo que los místicos nos llevan milenios diciendo. Una vez más, no hay nada nuevo, nada que se haya inventado nuevo entre el cielo y la tierra.

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