Hoy he salido en bici. Iba por un camino bordeando de
árboles. Hacía calor, el sol estaba alto y los pinos hacían sombras. El camino
era recto y bacheado.
Ahora me daba el sol, ahora la sombra. Ahora luminosidad,
ahora oscuridad. Ahora calor, ahora fresco.
Entre pino y pino un espacio. El carril seguía recto y es
iba empinando. Cuando me daba el sol me calentaba, sentía el calor en mi cuerpo.
Cuando me daba la sombra sentía fresco.
Me he dado cuenta que con esos cambios de calor mi cuerpo mantenía
la temperatura constante. Me dejaba sentir el calor del sol y me dejaba sentir
el fresco de los pinos. Uno a miles de kilómetros de mí y el otro a escasos
tres metros.
El sol en la antigüedad se consideraba un dios. Un dios que
daba energía, hacia crecer los campos, daba calor, hacía crecer los árboles. Los
pinos absorben esa energía y es la que no me llegaba a mí.
Cuando estaba en la sombra no es que no hubiese luz, es que
la energía era absorbida por otro, en este caso los arboles, e impedían que
llegase a mí. Pues con el interior pasa lo mismo. Hay momentos de calor, de
alegría, de júbilo, donde la temperatura sube y el alma lo agradece.
También hay sombras. Momentos de frialdad, de oscuridad. Estos
momentos de sombra también son necesarios para equilibrar la temperatura del
alma. La alegría, la felicidad hace que emanemos energía, que estemos
radiantes. Las sombras hacen que volvamos a recargarnos de esa energía para
volver a radiarla a los que nos aman y al resto del mundo.
Somos como un gran corazón. Tenemos un ritmo cardiaco, absorbemos
y expulsamos, nos entra energía y la damos. Así funciona el mundo. Así lo estableció
Einstein en el primer principio de la termodinámica: nada se crea ni se
destruye, solo se transforma.
Todo en el universo tiene pulso. Un ritmo que está en equilibrio.
La luna no se aleja de la Tierra ni se estrella contra ella por que está en
equilibrio de fuerzas. Un pulso, un ritmo esta en equilibrio. Pregúntenles a
los músicos.
Eso sucede con la luz y la oscuridad del alma. Es un
equilibrio que hace que nos sintamos vivos, dichosos, en unión con el universo.
La oscuridad solo es una ausencia de luz. Cuando falta la
luz dejamos de ver. Si dejamos de ver hemos de quedarnos quietos, parados para
no tropezar y hacernos daño. Antes o después la luz vuelve, si no es la de una
vela es la del sol, pero vuelve y podemos comenzar de nuevo a caminar.
Mientras estamos en la oscuridad tenemos que estar con
nosotros mismos. En contacto con nuestro ser más interno. Confiando en nuestro
interior y confiando en la luz que siempre vuelve.
Esto nos mantiene en equilibrio. Si estas en la oscuridad sabes
que la luz vendrá. Si estas en la luz sabes que la oscuridad vendrá, así que
para que preocuparse. Te puedes relajar, te puedes dejar llevar. Hagas lo que
hagas un polo u otro donde estés el otro aparecerá. Aceptémoslo.
Esto es lo que te da el equilibrio. La aceptación de lo que
te toque vivir en ese momento.

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