En latín: acedia, accidia, pigritia. Es la negligencia,
astenia, tedio o descuido a realizar acciones, movimientos o trabajos. Se conoce
también como gandulería, flojera, haraganería, holgazanería; entre otros
términos que pueden incluso llegar a ser peyorativos.
La religión cristiana, clasifica la pereza como pecado
capital ya que generan otros pecados, si bien antiguamente se le denominaba
acedia o acidia, concepto más amplio que tenía que ver con la tristeza o la
depresión.
La pereza puede venir por varios motivos, pero el más
significativo es por falta de estímulo. La desgana se apodera de la persona y
no es una actitud fácil de cambiar.
No es tan raro que antiguamente se asociase a la tristeza o
a la depresión. Entrar en la pereza es una demostración de lo que le sucede a
la persona al gastar la energía vital en otras cosas que no nos satisfacen ni
nos llenan.
Cuando en la vida nos encontramos perdidos, desilusionados,
desesperados y miramos nuestro futuro y lo vemos igual que nuestro estado de
ánimo, la desergenetización se apodera de nuestro interior.
Es curioso que en este estado no nos aporte nada nuestra
vida para que nos volvamos a ilusionar. Entonces nos descuidamos de nosotros y
de nuestro mundo en el cual vivimos. Esta forma de pensar afecta directamente
sobre nuestro estado anímico, es lo que nos eliminan las ganas de estar atentos
a las cosas que tenemos la responsabilidad de hacer por nosotros y por los
demás.
Los pensamientos sobre el pasado que no volverá o el futuro
que idealizamos que sucederá hace que gastemos nuestra energía tontamente. Que nos
cansemos y conforme vamos viviendo nos damos cuenta que aquello que habíamos
imaginado que nos pasaría no nos sucede. Esto nos sume más en una actitud
depresiva y retroalimentamos la pereza.
Salir de la pereza, en primer término, pasa por cambiar
nuestra forma de pensar. Esto que los sicólogos han llamado sicología positiva
y los místicos, durante milenios, han llamado vivir el presente. Estar revolución
de ideas que se produce dentro de nuestra mente al cambiar de perspectiva, es
el comienzo de una nueva energía que se puede comenzar a movilizar dentro de
nosotros. Pero no es mucho menos la solución. Por este motivo, las personas
suelen dejar la pereza y comienzan a moverse. Aún así el desánimo les acompaña
en su vida cotidiana.
Normalmente esta actitud está ocultando problemas más
profundos, de un calado existencial que no somos capaces de ver y comprender.
La pereza nos está mostrando nuestras ganas de no vivir la
vida en la cual nos hemos instalado. La falta de retos por no hacernos
responsables de nuestra vida y nuestras acciones hacen que caigamos en la
comodidad, en la apatía y en el desánimo.
Para dejar de ser perezosos hemos de asumir
responsabilidades. Hemos de asumir el timón de nuestra vida y dejar de culpar a
los demás de nuestra situación.
Desde mi punto de vista, creo que es muy interesante meterse
de lleno en la pereza con consciencia, estando alerta. Es como una moneda, ¿si
sentimos la pereza que es lo que nos trata de ocultar?
Creo que nos oculta nuestras ganas de seguir viviendo la
vida en el presente, dejando a un lado el pasado o el futuro. No nos sentimos
realizados en nuestra forma de vivir en la mente. Somos conocedores de que
necesitamos el cambio, pero somos conocedores de esto mismo.
Para poder dar este vuelco a la situación, es vital que
descubramos que queremos y que necesitamos. Para ello hemos de contactar con
nuestro vacío interior. Sumergirnos en él y que surjan nuestras necesidades
reales. Tomemos consciencia de ellas y ya veremos que sucede después.
Estar atentos a lo que nos pasa y ser conscientes es la
única forma de dar una solución al problema. Meditar, moderar los deseos de la
mente. Ser conscientes de nuestra energía. Ser conscientes de nuestra realidad
y de nuestro presente. No vivir en la fantasía. No escondernos tras los
medicamentos. Tomar la responsabilidad de nuestra vida y de nuestras acciones
son las grandes rebeliones que hemos de hacer para salir de este estado apático
y desenergetizante que es la pereza.
Ver el mundo tal cual es, sin condicionamientos ni
prejuicios puede ayudarnos mucho y puede ayudar mucho a que encontremos nuestra
felicidad y ayudemos a otros a encontrar la suya.
Estar perezoso no es malo. Lo malo es no ser consciente de
este estado y que es lo que nos quiere mostrar y como es que nosotros no
queremos verlo.
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