La mente la generamos nosotros
mismos para no perder el amor de las personas que en su momento eran imprescindibles
para nosotros: padres, hermanos, abuelos, tíos, amigos, etc.
Estas normas de conducta que
creamos fueron influenciadas por ellos para que fuésemos buenos, nos portásemos
bien y fuésemos como ellos querían. Todo esto generó que no debíamos olvidarnos
de los condicionamientos y a su vez creamos la mente que recordaba todo esto.
Creamos la mente.
Conforme íbamos creciendo y una vez
generada esta mente que nos ayudaba a sentirnos queridos por nuestros seres
amados, surgió la necesidad de seguridad. Vivir en un mundo donde no sabemos si
mañana nos querrán después de todo el esfuerzo hecho durante años, era
impensable para nosotros.
Entonces proyectamos la mente hacía
el futuro. Tratando de preveher que sucederá y tendremos que hacer para que
mañana nos quieran también. Así surge el control, las expectativas y con ellas
la decepción y la ansiedad.
Así que tenemos una mente que bien
está en el pasado o en el futuro cuyo fin último es que nos quieran y no dejar de sentir el cariño de los seres que
consideramos importantes en nuestra vida.
Nunca nos cuestionamos si todo esto
nos beneficia o nos perjudica en el momento presente, ya que como al elefante,
hace mucho que nos resignamos a estar anclados a ella.
Esto nos va apagando,
desenergetizando, matando en vida. Así solemos pasar nuestra existencia por
este mundo. Como mucho intentamos ser felices hasta que descubrimos que la
felicidad solo es momentánea, no es permanente ya que siempre es bipolar y
antes o después la infelicidad volverá.
Es curioso ver como todo lo que
hicimos y por consiguiente, lo que hacemos, aunque es derivado de lo pasado, fue
hecho para que los seres que necesitábamos para subsistir en este mundo no nos
dijesen: “pues ya no te quiero”
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