Una amiga me ha regalado un cuenco
tibetano. Es muy bonito y genera vibraciones que me recorren todos los órganos
del cuerpo.
Ella me hablo que equilibraba las
energías con ese sonido. Para experimentar si era cierto la deje que lo usase
conmigo.
Me acosté y trate de relajarme,
aún así era escéptico a lo que me contó. Por esa razón estaba pendiente del
cuenco, de su sonido y de mí.
Ella lo golpeaba y hacia girar el
palo por el borde emitiendo sonidos y vibraciones. Lo pasaba a lo largo de mi
cuerpo. Era cierto, la energía de mi cuerpo la sentía equilibrarse, allanarse.
Como si los picos de mi energía se desmontasen y los valles se cubriesen
quedando todo a un mismo nivel energético.
A veces el sonido duraba más,
otras menos. Me contaba que mi energía influía en el sonido y duración del
mismo. así que decidí experimentar con esto.
Cuando iba a golpearlo me ponía a
pensar en cosas. Trataba de controlar mentalmente lo que podría suceder unos
instantes después. Pensaba en mis padres. Pensaba en mi trabajo, en el dinero.
En otras ocasiones intentaba no pensar en nada. Trataba de dejar mi mente vacía.
Me hacia consciente de mi cuerpo, del sonido del cuenco y me dejaba fluir con y
en e él.
Experimente algo muy curioso. Me
di cuenta que cuando pensaba el sonido del cuenco duraba mucho menos que cuando
tenía mi mente vacía. Era como si mis pensamientos usaran mi energía para poder
realizarse y le llegaba muchas menos al cuenco. Me sentí desconectado, cerrado.
No me sentía unido al todo.
Por el contrario, cuando me
vaciaba, el sonido era más largo y las vibraciones me entraban hasta lo más
ondo de mi ser. Era como si dejase una ventana abierta y la luz me iluminase
por completo.
Entonces, estando relajado, recordé
lo que los místicos decían de la mente. Lao Tse: “modera tu mente”. Los
maestros zen: “cuida tu mente”. Buda: “deja de desear”. Jesús: “vuélvete un
niño”. Mahoma: “escucha tu corazón. Krisna: “fluye con el cuerpo”.
Todos hablaban de lo mismo, de la
mente. Si no somos capaces de moderarla, de vaciarla, ella nos arrollará y
gastará la energía vital que tenemos para la existencia.
Los profesionales de la sicología,
así como los neurólogos y siquiatras se están quedando obsoletos. Así como le
paso a Freud con su sicoanálisis. Hasta que no se den cuenta que hay que
trabajar un todo: cuerpo, mente y corazón, no podrán empezar a sanar a las
personas.
A esto hay que añadir que para
poder ayudar a una persona antes han de haber sanado ellos sus propias heridas
emocionales. Si no es así, será como un ciego que guía a otro ciego, ambos
caerán por el precipicio.
Hemos de moderar nuestra mente,
moderar nuestro nivel de deseo y que aumente nuestra consciencia sobre nosotros
mismos y sombre el mundo que nos rodea.
Este aumento sólo se producirá si nos paramos en nosotros
mismos, en que nos está sucediendo minuto a minuto y para eso hemos de estar
atentos a nuestro presente. Hemos de vivir en nuestro aquí y ahora. Sólo lo
tenemos a él y que todo son sucede en él. Fuera de eso es fantasía lo que hay.
Solo una combinación con el darnos
cuenta y la meditación nos salvara y nos volverá a poner en la vida.

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