jueves, 19 de julio de 2012

FUEGO INTERIOR


Hace un tiempo descubrí que la mente, esa parte que nada más que utilizamos para darle vueltas y que no nos lleva a ninguna parte, es creación nuestra. La creamos, cuidamos y alimentamos para no sentirnos en el vacío que supone vivir en el presente constante.
La cuidamos desde pequeños ya que nos enseñaron que eso era lo correcto, y nosotros en esa época creíamos ciegamente en las personas que teníamos a nuestro alrededor. Después, cuando hemos crecido no hemos vuelto a cuestionarnos todo lo que nos enseñaron durante esos años. Y sí, es verdad que muchas cosas de las aprendidas nos sirvieron y aún nos sirven. Pero también no es menos cierto que otras tantas no sirven para nada en nuestra vida actual y las conservamos como si fuesen tesoros.
Tesoros dentro de baúles que si alguna vez nos atrevemos y somos los suficientemente valientes como para abrir esos cofres veremos que están vacíos. No contienen nada que nos sirva ya, y nos mantienen aferrados a ellos y los defendemos con uñas y dientes.
He oído en algún sitio una bonita historia:
Un niño fue al circo con su padre y al pasar frente a los elefantes le llamó la atención como un animal tan grande y con tanta fuerza estaba sujeto a una estaca no más grande de 30 centímetros.
El crio intrigado le preguntó a su padre que le sucedía a este cuadrúpedo y como es que no le pegaba un tirón al palo y salía corriendo.
El padre impotente no supo que contestar. Ante el no saber que decirle, le conto a su hijo una historia que a este no convenció.
Pasó el tiempo  y el niño siguió intrigado con el suceso del elefante. Preguntaba pero nadie sabía darle una contestación a su pregunta.
Un día, estaba frente a un viejo y se le vino a la mente el viejo problema sin respuesta. Así que se lo planteó al sabio.
Este le contesto: “Es fácil. Al elefante se le ata de la pata porque cuando era pequeño también se le ató igual. Este desesperado de verse preso, tiró, mordió, forcejeo, peleo con la cuerda y el palo durante muchos días hasta que no pudo más. Debido a que era pequeño y no tenía fuerza no pudo arrancar el palo ni cortar la cuerda.
Así llego a rendirse frente al palo. Durmió, comió y vivió cerca de la estaca. Se resigno a estar atado y jamás volvió a plantearse que pudiera soltarse.”
Así vivimos. Cuando fuimos niños generamos nuestros palos en forma de  normas, dogmas, condicionamientos, conciencia, etc. Como cada uno quiera llamarle.
A estas normas nos ataron las personas que amábamos siendo niños y desde entonces, aunque hayamos crecido, seguimos anclados a nuestras estacas. Fijos, inmóviles, estáticos en el mismo lugar y no nos cuestionamos si nuestros palos son reales o imaginarios.
Así funciona nuestra mente. Está llena de fijaciones al pasado que ya de nada sirven. Normas, dogmas que  nos tienen anclados a una vida que ya no existe y que nos impide ser nosotros mismos, con nuestras cosas buenas y no tan buenas.

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