Hace un tiempo descubrí que la
mente, esa parte que nada más que utilizamos para darle vueltas y que no nos
lleva a ninguna parte, es creación nuestra. La creamos, cuidamos y alimentamos
para no sentirnos en el vacío que supone vivir en el presente constante.
La cuidamos desde pequeños ya que
nos enseñaron que eso era lo correcto, y nosotros en esa época creíamos
ciegamente en las personas que teníamos a nuestro alrededor. Después, cuando
hemos crecido no hemos vuelto a cuestionarnos todo lo que nos enseñaron durante
esos años. Y sí, es verdad que muchas cosas de las aprendidas nos sirvieron y
aún nos sirven. Pero también no es menos cierto que otras tantas no sirven para
nada en nuestra vida actual y las conservamos como si fuesen tesoros.
Tesoros dentro de baúles que si
alguna vez nos atrevemos y somos los suficientemente valientes como para abrir
esos cofres veremos que están vacíos. No contienen nada que nos sirva ya, y nos
mantienen aferrados a ellos y los defendemos con uñas y dientes.
He oído en algún sitio una bonita
historia:
Un niño fue al circo con su padre y
al pasar frente a los elefantes le llamó la atención como un animal tan grande
y con tanta fuerza estaba sujeto a una estaca no más grande de 30 centímetros.
El crio intrigado le preguntó a su
padre que le sucedía a este cuadrúpedo y como es que no le pegaba un tirón al
palo y salía corriendo.
El padre impotente no supo que
contestar. Ante el no saber que decirle, le conto a su hijo una historia que a
este no convenció.
Pasó el tiempo y el niño siguió intrigado con el suceso del
elefante. Preguntaba pero nadie sabía darle una contestación a su pregunta.
Un día, estaba frente a un viejo y
se le vino a la mente el viejo problema sin respuesta. Así que se lo planteó al
sabio.
Este le contesto: “Es fácil. Al
elefante se le ata de la pata porque cuando era pequeño también se le ató
igual. Este desesperado de verse preso, tiró, mordió, forcejeo, peleo con la
cuerda y el palo durante muchos días hasta que no pudo más. Debido a que era
pequeño y no tenía fuerza no pudo arrancar el palo ni cortar la cuerda.
Así llego a rendirse frente al
palo. Durmió, comió y vivió cerca de la estaca. Se resigno a estar atado y
jamás volvió a plantearse que pudiera soltarse.”
Así vivimos. Cuando fuimos niños
generamos nuestros palos en forma de
normas, dogmas, condicionamientos, conciencia, etc. Como cada uno quiera
llamarle.
A estas normas nos ataron las
personas que amábamos siendo niños y desde entonces, aunque hayamos crecido,
seguimos anclados a nuestras estacas. Fijos, inmóviles, estáticos en el mismo
lugar y no nos cuestionamos si nuestros palos son reales o imaginarios.
Así funciona nuestra mente. Está
llena de fijaciones al pasado que ya de nada sirven. Normas, dogmas que nos tienen anclados a una vida que ya no
existe y que nos impide ser nosotros mismos, con nuestras cosas buenas y no tan
buenas.
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