lunes, 28 de mayo de 2012

CONVERSACIONES CON UNA ENFERMERA
Tengo una amiga que trabaja en quirófanos de urgencias. Es enfermera. Hoy han tenido una aorta rota, una cesárea y un suicidio que se ha roto el bazo, el hígado y riñones.
El hombre de la arteria rota tiene 81 años. Le han puesto veinte bolsas de sangre y casi cincuenta sueros. Han tratado de mantenerlo con vida a cualquier precio.
A veces me pregunto si tenemos la libertad que tanto decimos que poseemos. Yo creo que no es así. Realmente no tenemos ni la libertad de decidir cuándo morir.
Desde mi punto de vista nosotros tenemos cierta responsabilidad en nuestra propia muerte y es más, si estamos atentos incluso sabemos cuándo ha llegado el momento de dejar este mundo.
Tengo amigos médicos, les oigo hablar entre ellos, tecnicismos, curas, altas. He visto radiografías, medidas de huesos, etc. Pero hay algo que me sorprende, y es que casi nunca dicen un nombre. No es que el nombre del paciente sea importante para mí, pero si es dar dignidad a la persona con la que están tratando.
Vivimos en una sociedad donde todo ha de ser controlado. Es tanto lo que se quiere controlar  que estamos llenos de deberías, deberes y obligaciones. Apenas nos oímos a nosotros mismos, apenas escuchamos nuestras propias necesidades y mucho menos nuestros sentimientos.  Y si estos son considerados negativos, por desgracia, se recurre muy a menudo a la medicación para tratar de controlarlos. Es tan férreo el control que tratamos a toda costa de evitar el dolor.
Una que me llama la atención en gran medida es que a los niños se les ha privado de ver a sus seres queridos (abuelos, tíos, primos, amigos e incluso padres) muertos. En la actualidad a los difuntos se les lleva a un tanatorio. Todo muy aséptico para todo el mundo y cómodo. Pero a nivel emocional es tremendamente destructivo.
Tengo dos ahijados. El primero, un chico, hace un tiempo fui a verle. El apenas tenía siete años. Un par de años antes su abuelo había muerto y sus padres le habían contado que, Antonio se llamaba el abuelo, estaba en las estrellas.
Recuerdo que era verano. Estaba de noche y nos encontrábamos solos en un columpio del jardín frente a su casa. Miro las estrellas y me comento que una de ellas era su abuelo. A mí se me presentaron dos opciones. Una era dejarle esa creencia y ya aprendería lo que la realidad impone con el tiempo, además, habían sido sus padres los que le habían explicado esto.
La otra suponía ponerlo en la realidad y explicarle la verdad acerca de la muerte y las estrellas. Por supuesto no había visto a su abuelo muerto. Lo mire y vi que con su edad ya podía comprender ciertas cosas, así como preguntar las dudas. Opte por la segunda opción. Me escucho con interés, me hizo dos preguntas más y cuando se las conteste quedo satisfecho y no me volvió a sacar más el tema.
Es natural que en cada edad hay un tipo de comprensión distinto y ahí es donde los educadores han de tener la sensibilidad suficiente como para despejarles sus dudas con las palabras inteligibles a su nivel y diciéndoles la verdad. A las personas nos duele mucho que nos mientan, sea la edad que sea la que tengamos. Que nos engañen nos duele. Y no es el engaño en sí lo que nos hace sufrir, sino la pérdida de confianza que sufre el engañado en sí mismo. Es el cerramiento que sufre en su corazón cuando descubre que la persona que ama y en quien confía le ha engañado. Entonces deja de ser una mentira y se convierte en una traición.
Esto aumenta en intensidad si no tienes la suficiente madurez como para comprender los motivos que han llevado al otro a hacer semejante acción. Y la traición se convierte en rencor y el rencor en dolor que en ocasiones no queremos ver y mucho menos expresar.
He oído mil veces decir a los terapeutas con experiencia que la mayoría de las veces, sus pacientes solo necesitan que se les escuche. Y con la experiencia que tengo estoy de acuerdo con ellos.
Por desgracia el mundo se ha vuelto sordo. Nos oímos los unos a los otros. Oímos a las personas que están a miles de kilómetros pero hemos perdido la capacidad de escuchar. No escuchamos a nadie.
No escuchamos a las personas con experiencia, ósea, a los ancianos. No escuchamos a nuestros padres, a nuestros familiares, a nuestras parejas, etc. Y lo que es peor, no nos escuchamos a nosotros mismos.
No escuchándonos no sólo no nos tenemos en cuenta, no tenemos la capacidad de escuchar a los demás. De escuchar a nuestro corazón, nuestro cuerpo y por extensión a los demás seres que habitan este mundo.




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