Tengo una amiga que trabaja en quirófanos de urgencias. Es enfermera. Hoy
han tenido una aorta rota, una cesárea y un suicidio que se ha roto el bazo, el
hígado y riñones.
El hombre de la arteria rota tiene 81 años. Le han puesto veinte bolsas
de sangre y casi cincuenta sueros. Han tratado de mantenerlo con vida a
cualquier precio.
A veces me pregunto si tenemos la libertad que tanto decimos que
poseemos. Yo creo que no es así. Realmente no tenemos ni la libertad de decidir
cuándo morir.
Desde mi punto de vista nosotros tenemos cierta responsabilidad en
nuestra propia muerte y es más, si estamos atentos incluso sabemos cuándo ha
llegado el momento de dejar este mundo.
Tengo amigos médicos, les oigo hablar entre ellos, tecnicismos, curas,
altas. He visto radiografías, medidas de huesos, etc. Pero hay algo que me
sorprende, y es que casi nunca dicen un nombre. No es que el nombre del
paciente sea importante para mí, pero si es dar dignidad a la persona con la
que están tratando.
Vivimos en una sociedad donde todo ha de ser controlado. Es tanto lo
que se quiere controlar que estamos
llenos de deberías, deberes y obligaciones. Apenas nos oímos a nosotros mismos,
apenas escuchamos nuestras propias necesidades y mucho menos nuestros
sentimientos. Y si estos son
considerados negativos, por desgracia, se recurre muy a menudo a la medicación para
tratar de controlarlos. Es tan férreo el control que tratamos a toda costa de
evitar el dolor.
Una que me llama la atención en gran medida es que a los niños se les
ha privado de ver a sus seres queridos (abuelos, tíos, primos, amigos e incluso
padres) muertos. En la actualidad a los difuntos se les lleva a un tanatorio. Todo
muy aséptico para todo el mundo y cómodo. Pero a nivel emocional es
tremendamente destructivo.
Tengo dos ahijados. El primero, un chico, hace un tiempo fui a verle. El
apenas tenía siete años. Un par de años antes su abuelo había muerto y sus
padres le habían contado que, Antonio se llamaba el abuelo, estaba en las
estrellas.
Recuerdo que era verano. Estaba de noche y nos encontrábamos solos en
un columpio del jardín frente a su casa. Miro las estrellas y me comento que
una de ellas era su abuelo. A mí se me presentaron dos opciones. Una era
dejarle esa creencia y ya aprendería lo que la realidad impone con el tiempo,
además, habían sido sus padres los que le habían explicado esto.
La otra suponía ponerlo en la realidad y explicarle la verdad acerca de
la muerte y las estrellas. Por supuesto no había visto a su abuelo muerto. Lo mire
y vi que con su edad ya podía comprender ciertas cosas, así como preguntar las
dudas. Opte por la segunda opción. Me escucho con interés, me hizo dos
preguntas más y cuando se las conteste quedo satisfecho y no me volvió a sacar más
el tema.
Es natural que en cada edad hay un tipo de comprensión distinto y ahí
es donde los educadores han de tener la sensibilidad suficiente como para
despejarles sus dudas con las palabras inteligibles a su nivel y diciéndoles la
verdad. A las personas nos duele mucho que nos mientan, sea la edad que sea la
que tengamos. Que nos engañen nos duele. Y no es el engaño en sí lo que nos
hace sufrir, sino la pérdida de confianza que sufre el engañado en sí mismo. Es
el cerramiento que sufre en su corazón cuando descubre que la persona que ama y
en quien confía le ha engañado. Entonces deja de ser una mentira y se convierte
en una traición.
Esto aumenta en intensidad si no tienes la suficiente madurez como para
comprender los motivos que han llevado al otro a hacer semejante acción. Y la
traición se convierte en rencor y el rencor en dolor que en ocasiones no
queremos ver y mucho menos expresar.
He oído mil veces decir a los terapeutas con experiencia que la mayoría
de las veces, sus pacientes solo necesitan que se les escuche. Y con la
experiencia que tengo estoy de acuerdo con ellos.
Por desgracia el mundo se ha vuelto sordo. Nos oímos los unos a los
otros. Oímos a las personas que están a miles de kilómetros pero hemos perdido
la capacidad de escuchar. No escuchamos a nadie.
No escuchamos a las personas con experiencia, ósea, a los ancianos. No escuchamos
a nuestros padres, a nuestros familiares, a nuestras parejas, etc. Y lo que es
peor, no nos escuchamos a nosotros mismos.
No escuchándonos no sólo no nos tenemos en cuenta, no tenemos la
capacidad de escuchar a los demás. De escuchar a nuestro corazón, nuestro
cuerpo y por extensión a los demás seres que habitan este mundo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario